A «Consistência dos Sonhos» no México

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Música para la exposición de Saramago

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Exposición del escritor José Saramago, en San Ildefonso
(Proceso)

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Muestra de Saramago, musicalizada por estudiantes
(El Universal)

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La consistencia de los sueños de Saramago
(Javier Aranda Luna en La Jornada)

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Exposición revela el mundo íntimo de Saramago
(La Nación, Costa Rica)

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Exposición “José Saramago. La consistencia de los sueños” en México
(La República)

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Pilar del Río inaugura exposición sobre el Nobel José Saramago
(El Economista)

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Inauguran muestra de Saramago
(El Mañana)

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Acercan La consistencia de los sueños de José Saramago
(Ciudadanía Express)

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México recibe otra vez a Saramago
(Prensa Latina)

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México recibe exposición “José Saramago. La consistencia de los sueños”
(Terra)

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México recibe exposición “José Saramago. La consistencia de los sueños”
(La verdad)

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Expo on Portuguese writer Jose Saramago’s works opens in Mexico
(Cam111)

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San Ildefonso revela el mundo literario del Nobel José Saramago
(El Universal)

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“Saramago vuelve a México”
(La Jornada)

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Llega a México ‘José Saramago, La Consistencia de Los Sueños’
(arteenenlared.com)

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Llega a México ‘José Saramago. La consistencia de los sueños’
(Informador)

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Abrirá UNAM exposición sobre la intensa relación de José Saramago con México
(La Jornada)

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Inauguran este sábado exposición sobre Saramago
(La Jornada)

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Saramago hace más rico a todo lector: Pilar del Río
(Milenio)

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En San Ildefonso exposición a Saramago
(Grupo Fórmula)

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Exposición de Saramago en San Ildefonso
(Processo)

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La consistencia de los sueños

No sé cuando ocurrió, en qué momento las aguas del Río Almonda donde el joven José Saramago se bañó desnudo y pensó que tal vez al otro lado del río una muchacha le estuviera esperando para celebrar la fiesta de la naturaleza en paz, no sé, decía, en qué momento las aguas se contaminaron y los días se volvieron hostiles y no hubo más jóvenes nadando en busca de la madurez.

Sé, eso sí, que no vivimos en el mundo que Saramago soñaba. Para él los sueños eran consistentes cuando se podían levantar del suelo, como del suelo se levantan las cosechas, las casas, los hombres y las mujeres. En los sueños de Saramago lo único aéreo era la música y también las conversaciones de las mujeres, este hablar que pasaba de generación a generación, y que mantenía el mundo en su órbita porque era fuente de conocimiento de vida. También las voluntades humanas, en los sueños de Saramago, se podían levantar del suelo y, si estaban juntas, eran capaces de hacer,por ejemplo, que las máquinas volaran, la passarola que recorrió cielos portugueses llevando como pasajeros a una trinidad humana y muy terrenal, Blimunda, Baltasar y Bartolomeu, pero para este viaje, ya se ha dicho, era indispensable que se unieran muchas voluntades y estuvieran animadas por el brío ético que hace que la vida sea algo más que un caminar hacia la nada. Como “El viaje del elefante” nos dice.

En los sueños de Saramago, tan consistentes, un día los ciudadanos deciden que ya está bien, que no nacimos para ser número, y con la literatura fuerte y empeñada, vigorosa, con esa forma de escribir que era la suya, Saramago propone la insurrección moral, la única posible ante el caos que es el mundo. Y son los ciudadanos los que elijen la lucidez porque vieron que siendo ciegos solo llegaban al abismo y caían una y otra vez, como los cuerpos que vimos con horror arrojarse desde las Torres Gemelas, como los cuerpos descuartizados que se nos ofrecen cada día con el desayuno, víctimas de las guerras de la droga y de la ignominia, como los jóvenes asesinados de Noruega ayer mismo, como los somalíes, niños, ancianos, mujeres, que no van a recibir un trozo de pan para sobrevivir porque dicen los sumos sacerdotes del poder que está religiosamente contaminado aunque ellos sí comen todos los días. “Siendo ciegos no avanzamos, seamos lúcidos”, parece decir Saramago en sus dos ensayos. Y eso lo vemos en esta exposición. La lucidez de Saramago está patente en su recorrido vital, desde que, cuando niño, miraba las estrellas con su abuelo porquero –el hombre más sabio del mundo, así lo definió en el arranque del discurso del Premio Nobel- para entender que los seres humanos somos minúsculos en la infinitud del universo, al adolescente que luego lee cada día en la Biblioteca pública para entender que sí somos grandes, o podemos serlo si usamos la inteligencia y la sensibilidad, como hicieron los maestros que desde las estanterías le miraban y le reclamaban una lectura, o como lúcido era el mecánico que arregla coches con todo su afán, (y cierta impericia, para qué negarlo) o el enamorado que escribe poemas, o el hombre que avanza hacia nosotros, ya escribiendo, ya con capacidad de tomar el pulso a su entorno, tal vez al mundo, y por eso ve que las aguas de su río Almonda y de tantos otros ríos se contaminan, que los campos se pervierten, que la suciedad se extiende por las ciudades mientras los individuos se bañan en perfumes una y otra vez al día, en una esquizofrenia sin explicación que si nunca fue enfermedad que Saramago padeciera sí le hizo sufrir a lo largo de su vida: un mundo tan sucio habitado por personas supuestamente inteligentes y cultas, a veces en permanente estado de higiene personal, era para él algo inaceptable, un dolor, sí, ya lo he dicho, una obligación cívica en la que debemos empeñarnos antes de que el lodazal se nos instale definitivamente en nuestros corazones.

Saramago soñó un mundo y en sus libros, que son novelas, que no son panfletos, que son bellos con la desgarradora belleza de la honestidad, lo ha ido dejando escrito. LO que más hay en la tierra es paisaje, dijo en “Levantado del suelo”. Por eso, en “La caverna” no consiguió entender que los hombres se quedaran mirando sombras, sin volver la cabeza la realidad, ésa que pueden cambiar si hay voluntad. No es la palabra más hermosa, más útil, ejerzamos el derecho a la disidencia”, decía una y otra vez. Y dijo tantas veces “no” que en una novela “Historia del cerco de Lisboa” cambió el curso de la historia y un hombre y una mujer se encontraron y al acariciar una rosa blanca sintieron en sus cuerpos el estremecimiento del amor sin reparos, que es como dicen que debe de ser el amor.

Saramago hizo literatura, pero no para contar su vida sino sus obsesiones. El poder, la religión, las leyes que no parecen ser aprobadas para que los derechos no colisionen, sino para tejer enjambres que esclavicen a los seres humanos. A las leyes religiosas me refiero, a esas que mandan matar, o cubrirse con burkas varios, o cuidar la pasión o enfriar y castigar el cuerpo. A las leyes que mandan ir contra el otro, tu enemigo, no tu semejante, porque tiene otro estilo de vida, otro color. Miremos hoy Noruega, que ayer parecía el paraíso y hoy es el infierno, desencadenado por el furor de la intransigencia. “El sueño de la rezón genera monstruos” repetía Saramago con Goya, que para él era más filósofo que pintor. En fin, de este Saramago vamos a saber ahora en la exposición que Gómez Aguilera ha preparado para nuestro deleite y provecho. Veremos al hombre que no se rindió, que pese a no poder haber ido a la universidad no dejó de aprender, llevado por una curiosidad permanente que permanentemente le hacía preguntarse qué, porqué y, sobre todo, la interrogante que no nos enseñan en periodismo y que sin embargo se me antoja la principal: Para quién. Para quienes este mundo, esta organización caótica y nefasta que deja fuera de condiciones de vida dignas a millones de personas. No se trata de la pobreza, no de la vida difícil, sino de la exclusión de millones de seres humanos, nacidos para morir como materia descartable porque a ciertos “quienes” nos les sirven ni como mano de obra barata, no son consumidores, son desechables, no hombres y mujeres con sueños, tristezas y deseos. Como nosotros, que pedimos respeto y a todos lo debemos.

Saramago era un novelista, un escritor firme, un ciudadano valiente que usó la voz que fue construyendo –levantándola del suelo- a lo largo de los años para contrarrestar la prepotencia. Hombre de partido, aunque universal en sus posiciones, reclamaba el derecho a la disidencia y fue disidente de todos los dogmas propuestos para sujetarnos. Fue voz contra la guerra, o contra las hambrunas, o contra los malos tratos a las mujeres: reclamó de los hombres que salieran a la calle diciendo alto y claro que no son cómplices de este lastre criminal y canalla que cada día asesina en el mundo a miles de mujeres porque ciertos hombres se sientan maltratando, o matando, más machos. Contra esa ideología perversa, el machismo, también Saramago se pronunció, escribió, militó: los hombres no son dueños de otros seres humanos, por eso no pueden ejercer todas las violencias y violaciones que aniden en sus descerebrados cerebros. Da igual que seas un alto cargo internacional como un taxista, que llega cansado y descarga el horror de su vida sobre una víctima que no diseñó este sistema. No es admisible en ningún caso, ni en el taxista ni en el dirigente del FMI.

En esta exposición Fernando Gómez Aguilera recoge lo que no tenían las anteriores edicciones: el final de la vida de José Saramago, los últimos libros. También ofrece unas notas de su entierro, no cae en el morbo posible, es Fernando tan discreto como Saramago, por eso eran tan amigos, fue, durante años, el colaborador más cercano y entrañable que podamos imaginar. Fernando se encargó de conectar con la funeraria cuando el 18 de junio de 2010 Saramago murió, fue él el encargado de elegir el féretro, estuvo, y fue un consuelo, en los terrible primeros momentos de la vida sin Saramago y al día siguiente, junto a diez amigos más, voló con José en el avión que le llevaba a Lisboa para no volver nunca más a la isla donde Saramago fue feliz. Pero antes de embarcar, Fernando convocó a los lanzaroteños a que salieran de sus casas y leyeran en voz alta fragmentos de los libros que Saramago escribió en Lanzarote, para que se fuera acompañado del sonido de sus textos, dichos con el acento canario, con el acento del amor último de su vida. Salió así Saramgo de Lanzarote, no podía haber un adiós más entrañable, más hermoso, y llegó a Lisboa, donde hoy está, bajo un olivo de su Azinhaga natal, acompañado de los textos de sus amigos escritores, cubierto con tierra de Lanzarote, en Lisboa, frente al Tajo, otro río que cruzó y sobre el que fue feliz contemplando a la caída de tarde la ciudad que describió, amó y le acoge.

Vamos a hacer un viaje por Saramago, el mejor posible, según el propio Saramago. Se descubrirán documentos y se confirmará que la forma de estar en la vida de este portugués y mexicano, como un día lo definió Carlos Fuentes, es la mejor posible, porque es la de quien utiliza la herramienta del pensar y junto a ella, la del sentir. Saramgo era un hombre contenido pero emocionado. Desasosegaba porque estaba desasosegado, porque su felicidad personal no era la del mundo, porque quería comprender. En ese empeño estaba cuando le llegó la muerte y se lo llevó con él. Para que muchos, como dijo la presidenta del Parlamento portugués, muriéramos al día siguiente y no podamos recuperarnos de esta ausencia. O sí: paseando por estas salas, por estos claustros de San Ildefonso tal vez veamos a Saramago, mirando, sorprendido, porque todo esto se haya organizado por él, nos diría, como tantas veces, que estamos locos y tal vez sea verdad, estamos locos de amor y de solidaridad con quien tanto amó y tanto dio de sí mismo, tanto que se consumió en la dádiva. Ayer tarde, yendo de un claustro a otro, oí la voz de Saramago. La oí, y nadie, ninguno de ustedes, o todos juntos, nadie en el mundo entero me podrá convencer de que lo que oí fue una grabación.

Muchas gracias.
Pilar del Río

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A exposição produzida pela Fundação César Manrique (FCM), «José saramago. A Consistência dos Sonhos», poderá ser vista no México entre 23 de Julho e 2 de Outubro. A exposição estará no Antiguo Colegio de San Ildefonso, México D. F., nas salas de exposições da Universidade Nacional Autónoma do México (UNAM).

Esta será a primeira vez em que a exposição é exibida depois da morte do escritor. A exposição pôde desfrutar-se pela primeira vez em Lanzarote, em Novembro de 2007, e também viajou até São Paulo (Brasil) e Lisboa (Portugal). No México serão mostrados novos documentos, alguns deles os últimos livros que o escritor português escreveu, a força com que enfrentou o final da sua vida e a sua morte, ocorrida em Junho de 2010, fez agora um ano. A coincidência de datas não é gratuita: o governo mexicano, patrocinador do evento, quis marcar, com a exposição, o aniversário da morte de José Saramago, grande amigo do México, visitante assíduo e colaborador de iniciativas culturais e sociais juntamente com outros escritores, como Carlos Fuentes e Ángeles Mastretta.

A exposição conta com a colaboração da Fundação José Saramago e analisa a figura do escritor luso, tanto da perspectiva da sua transcendência no mundo da literatura universal como da sua dimensão sociopolítica e do seu compromisso social.

Em «A Consistência dos Sonhos» apresentam-se mais de 1500 objectos, e é o resultado de um trabalho da investigação de dois anos feita pelo seu comissário, o director de actividades da FCM Fernando Gómez Aguilera, sobre a vida e a obra de José Saramago desde as suas origens modestas até ao reconhecimento internacional, que culminaria com a atribuição do Prémio Nobel de Literatura.

Como a FCM sublinha, é possível conhecer o autor através do abundante material escrito, gráfico e visual que se expõe, do qual se destacam as obras inéditas, manuscritos, notas pessoais, primeiras edições, traduções, fotografias, vídeos e gravações originais. Gómez Aguilera traçou um percurso pela vida literária do escritor, exploram-se as chaves do seu imaginário, diz a Fundação de Lanzarote. «Através de um concepção gráfica inovadora, combinam-se os recursos convencionais com os suportes digitais e audiovisuais, usando mais de cinquenta monitores distribuídos pelas salas que albergam a exposição», para muitos peritos a exposição mais rica e original montada no mundo até ao momento acerca de um escritor.

Nota de imprensa da Fundação César Manrique

Visita virtual à exposição “A Consistência dos Sonhos”

Visita virtual ao Antiguo Colegio de San Ildefonso 

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