Caín contra Dios

“La historia de los hombres es la historia de sus desencuentros con dios, ni él nos entiende a nosotros ni nosotros lo entendemos a él”, dice Saramago en ‘Caín’, su novela más reciente, irónica, punzante, demoledora, con la cual amplía el ciclo abierto en su ‘Evangelio según Jesucristo’, al añadirle nuevas páginas a la tarea de develar la naturaleza atrabiliaria y disparatada de ese Dios de las Escrituras, que Caín nos va mostrando como un ser enloquecido y enloquecedor, celoso y envidioso, parcial e injusto, maligno por naturaleza, verdugo de inocentes, exterminador, señor de los ejércitos que calcula bien el negocio redondo que hay detrás de cada guerra.

Son claros, juguetones y retadores los motivos por los cuales Saramago ha erigido en protagonista de su novela a Caín, que no es el elegido de Dios sino precisamente lo contrario, el repudiado, el marcado en la frente, el desterrado. El Caín de Saramago ama a Lilith, la mujer demonio; es condenado a errar no sólo por los caminos del planeta sino también por las crestas del tiempo, teniendo por única compañía a la soledad, odiando a Dios sobre todas las cosas y proclamando su propia libertad por encima de cualquier verdad teologal. Para este Caín, la rebeldía es el único credo, y a través de su boca el autor proclama, “benditos sean los que eligieron la sedición, porque de ellos será el reino de la tierra”.

Este Caín “nació para ver lo inenarrable”, aquello que sin embargo Saramago se ha atrevido a narrar. Porque él siempre se atreve, aún con los tópicos intocables, o sobre todo con éstos, porque lo suyo no es el silencio cómplice, ni la condescendencia de lo políticamente correcto, ni el alineamiento con los poderosos. Lo suyo es la seguridad del gran escritor que conoce la fuerza de las palabras y no duda en desatarla cuando de la defensa de lo humano se trata, cuando se impone la urgencia de señalar y colocar contra la pared a los Estados, cuando es hora de mofarse de la alharaquienta prepotencia del cielo.

Dice el experto en mitos René Girard: “Solemos creer que el dios metafísico es, de entrada, fruto de una imaginación metafísica, y que los ejércitos celestes son elaboraciones secundarias, de alcance relativamente menor. Siempre he pensado que habría que invertir el sentido de esta génesis. Hay que partir de estos ejércitos, que no son en absoluto celestes, sino reales, muy reales”. Y esto es justamente lo que hace José Saramago en su nueva novela, donde desdeña una aproximación metafísica al Antiguo Testamento y emprende en cambio una lectura ética y política que no les concede a tales textos autonomía en cuanto textos, ni los considera letra muerta y enterrada.

Vivas, y muy vivas, resultan las Escrituras cuando se las ve como catálogo de venganzas proferidas a nombre de dios, pero ejecutadas por mano de los hombres de carne y hueso que le sirven de agentes. Quizá dios exija el sacrificio y señale a la víctima, pero quienes la hacen pedazos son los hombres. Aquellos que alaban la fanática hostilidad de su señor y que, al proclamarse a sí mismos ‘pueblo elegido’, perciben su propia violencia como sagrada. Un pueblo que le adjudica carácter sagrado a la violencia que ejerce, puede preciarse de contar con la absolución y el beneplácito divinos al someter a otros pueblos, saquearlos o exterminarlos. Resultan entonces evidentes las ventajas de tener a mano una doctrina incuestionable, que señale a los enemigos propios como enemigos también del Señor.

Yo me atrevería a decir que ante los ojos de dios, el verdadero pecado del Caín de Saramago, y supongo que también del propio Saramago, es haber descubierto que el gran secreto celestial consiste ni más ni menos que en la extrema debilidad de Dios, su talón de Aquiles, todavía más vulnerable que el del propio Aquiles, por lo cual de aquí en adelante habrá que decir más bien ‘el talón de Dios’. Pese a que su ira es inmensa, e inmenso su desprecio por los seres humanos, el Yahvé de las Escrituras no puede castigarlos por su propia mano, bien porque no existe, o bien porque existe, pero no tiene manos.

Laura Restrepo

Articulo publicado en Qué Leer en el 07 de Noviembre de 2009

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