Caín

Saramago (Azinhaga, 1922) nunca ha dejado de reflexionar acerca de su novelística, la dimensión intelectual de su compromiso y la precariedad de la literatura posmoderna. En declaraciones periodísticas, entrevistas o, incluso, en su libro con Carlos Reis, el autor de El Evangelio según Jesucristo siempre ha asumido la responsabilidad de ejercer libremente su pensamiento y la todavía no agotada potencialidad de la novela como espacio de reflexión.

Una reflexión que no debe detenerse ante ningún dogma, ningún tipo de corrección política, frontera alguna. “Yo me digo: cuanto más viejo, más libre; y cuanto más libre, más radical”, declaraba cuando publicó Ensayo sobre la lucidez, novela política en la que algunos vieron una carga de profundidad contra la democracia parlamentaria.

Esa radicalidad -o lucidez- hacen del Nobel portugués un escritor controvertido, en la mejor tradición de los novelistas intelectuales que en su momento ocuparon los espacios que hoy detentan los todólogos. Si nos estomaga el pensiero debole de nuestro entremilenio, en Saramago encontramos exactamente todo lo contrario. Pero la pertinencia de su personalísima obra se ve redoblada por la maestría de una poética narrativa extraordinariamente eficaz, suntuosa y trascendente a la vez. Saramago hace gala, además, de una bien administrada autorreflexividad. Así sucede en Caín, cuyo texto es, por lo demás, muy compacto, pues el diálogo va inserto en la narración, y la descripción resulta sumamente abstracta. El olimpismo con que la voz del narrador se produce marca un distanciamiento casi brechtiano, pese a que el discurso incluya numerosos apóstrofes al lector.

Nietzsche anunció la muerte de Dios en 1883 para que la centuria siguiente la secundase, incluso mediante la llamada “teología sin Dios” o “teología radical” de Altizer, van Buren, Güllwitzer o Dorothee Stolle. Por otra parte, en su visita a Auschwitz el mismo Papa se hizo eco de otra aporía: el silencio de Dios. En Caín Dios no es silente, sino muy locuaz. El hijo de Adán le achaca más bien una sordera pertinaz, y habla de tú a tú con él para responsabilizarlo, engallado, de su propio crimen fratricida, para acusarlo de autoritarismo, orgullo, arbitrariedad… Dios es malvado, y ante su arrepentimiento por haber creado la Humanidad, Caín se toma cumplida venganza acabando con lo que quedaba de ella en el arca de Noé.

Se juega aquí con el anacronismo existente entre el tiempo posmoderno compartido por el narrador con sus lectores y el tiempo bíblico de los personajes, a los que se incorpora espléndidamente la figura legendaria de Lilith, la primera mujer de Adán. Pero también podemos hablar de una cierta ucronía, porque la maldición del Caín errante lo proyecta en el tiempo hasta hacer de él un profeta que no conoce por adelantado el futuro, sino que ha vivido en él. Ello le permite ser testigo de algunos de los episodios del Génesis en los que mejor se aprecia la crueldad de Yahvé: Abraham e Isaac, Babel, Sodoma, Madián, Job…

Saramago reivindicaba asimismo, conversando en 2000 con Víctor Gómez Pin, la vigencia de la filosofía. Y su novela de entonces, La caverna, se convirtió en la mejor prueba de narratividad filosófica. También sus obras siguientes conservan un cierto aticismo formal y conceptual que no nos viene de sobra para recordarnos todavía de dónde venimos. Hasta cierto punto, el Dios de Caín resulta ser una reencarnación de Yahvé con todos los vicios y miserias, tan humanos, de las deidades del Olimpo. Pero con este nuevo título, Saramago incorpora la teología y la tradición bíblica, esto último algo menos común entre los escritores nacidos en una cultura católica que en la protestante o la hebraica. Leyendo a Steiner o a Bloom uno no deja de pensar que no hay nadie más obsesionado con Dios que un judío agnóstico. En Caín, un ateo mediterráneo parece emularlos.

Darío Villanueva

Articulo publicado en El Cultural en el 06 de Noviembre de 2009

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