El escribidor de un país autoengañado

El periodista y escritor argentino Tomás Eloy Martínez falleció este domingo en Buenos Aires a los 75 años tras una larga lucha contra el cáncer. Nacido en 1934 en la localidad de San Miguel de Tucumán, Eloy Martínez, que empezó como corrector de pruebas en el diario La Gaceta, en su ciudad natal, Tucumán, abrazó el periodismo con pasión en unos años en los que “la imaginación estaba prohibida”. Por eso combinó la profesión de reportero con la literatura. “Como informar con llaneza y alinear los hechos en un orden militar era para mí empobrecerlos y deslucirlos, lo que hice fue narrarlos”, escribió, y también que “el periodismo es, ante todo, un acto de servicio”. “Ser periodista significa ponerse en el lugar del otro, comprender lo otro. Y, a veces, también ser otro”, remarcó.

fjsEn los años setenta fue amenazado en Argentina por la organización terrorista de ultraderecha La triple A, por lo que tuvo que exiliarse a Caracas, donde residió entre 1975 y 1983 y fundó otro rotativo, El Diario. En 1991 participó en la creación del periódico Siglo XXI en Guadalajara (México) y del suplemento Primer Plano en Página 12. También fue profesor en la universidad Rutgerts de Nueva Jersey, a cargo de un programa de Estudios Latinoamericanos, y tuvo un papel central en la creación de la fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano, creada por su amigo Gabriel García Márquez, premio Nobel colombiano.

Además de extraordinario periodista, Eloy Martínez fue también un reconocido escritor. Son suyos títulos como La pasión según Trelew, que estuvo prohibido durante la dictadura de Varela, y Santa Evita, la novela argentina más traducida de todos los tiempos. Por otra novela, El vuelo de la reina, ganó en 2002 el premio Alfaguara de novela. También fue autor de diversos ensayos y guiones de cine.

Fuente: elpais.com

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Conocí a Tomás Eloy Martínez en el lejanísimo verano de 1962 y en un balcón suspendido sobre la avenida Quintana en Buenos Aires, en compañía de Augusto Roa Bastos, Ernesto Sábato y Francisco Petrone, admirando a nuestra anfitriona, la bellísima señora de Galli-Mainini. Temerosos de que el balcón no aguantara nuestro peso, porque como la República Argentina, el balcón crujía. Lo abandonamos en aras de la supervivencia pero también porque nuestra juventud estaba llena de proyectos de vida y trabajo que no merecían terminar destrozados en las aceras de la bella capital argentina. Para mí, la más bella ciudad de Latinoamérica.

Gracias a que el balcón no se cayó, pudimos disfrutar durante el siguiente medio siglo de una obra, la de Tomás Eloy Martínez, terrible y hermosa, puntual e imaginativa, recreación literaria de esa interrogante humana y política que llamamos “La Argentina”.

De La novela de Perón a Purgatorio, pasando por Santa Evita, El vuelo de la Reina y Cantor de tango, Tomás Eloy nos indicó que si sólo pudiéramos vernos dentro de la historia, sentiríamos terror. Para superarlo, el novelista que fue -que es- Tomás Eloy no niega a la historia, sino que la resucita, la transforma, la reinventa para hacerla no sólo visible, sino comprensible.

Tomás Eloy Martínez escribió la historia de un país latinoamericano autoengañado, que se imaginó europeo, racional, civilizado, y un día amaneció sin ilusiones, tan latinoamericano como México o Venezuela, tan brutalmente salvaje como sus dictadores militares, tan brutalmente corrupto como sus políticos, tan ciego como todos ante las poblaciones de la miseria que fueron bajando hasta las avenidas porteñas, donde hoy recogen basura a la medianoche para comer.

Por decir esto, en La pasión según Trelew, Tomás Eloy fue perseguido y debió exiliarse. Su última novela, Purgatorio, viene siendo un espléndido resumen del terror, la imaginación y la esperanza argentinas. En Purgatorio, Tomás Eloy Martínez se propuso darle relevancia literaria a un tema que pesa sobre la política argentina: los desaparecidos, las prácticas brutales de la dictadura militar en los años 1976 a 1981. Prácticas llamadas, con eufemismo delirante, “Proceso de reorganización nacional”. Apresar disidentes, torturarlos en presencia de sus mujeres e hijos, asesinar a toda persona sospechosa de leer, pensar o actuar de una manera desaprobada por la dictadura. Secuestrar niños, darles otro nombre y familia distinta.

Tan odiosa violación de la persona puede ser denunciada en un diario, en un discurso, en una manifestación, ¿cómo incorporarla a una ficción cuando la realidad rebasa cuanto la literatura puede imaginar?

Purgatorio relata la historia de una mujer, hija de un magnate argentino que apoya a la dictadura y participa de sus diversiones, al grado de invitar a Orson Welles a filmar el Campeonato Mundial de Fútbol, como Leni Riefenstahl filmó los Juegos Olímpicos de Berlín en 1936, bajo el régimen nazi. Emilia Dupuy, la hija del magnate, está casada con un cartógrafo, Simón Cardoso, obligado profesionalmente a recorrer el país, midiéndolo. La policía de la dictadura lo confunde con un terrorista y lo desaparece.

¿Dónde buscar a un “desaparecido”? Desesperada, Emilia sigue todos los itinerarios que su marido pudo tomar, Brasil, Venezuela, México y al cabo, los Estados Unidos, hasta el día en el que, establecido en una pequeña ciudad universitaria de New Jersey, Emilia reencuentra a su marido perdido.

Sólo que él sigue siendo un hombre de treinta años y su reaparición va a destruir la costumbre de Emilia: vivir recordando la ausencia del único hombre que amó y que, ahora, regresa con “una sonrisa llegada de muy lejos”.

No diré más. Sólo añadiré que Orson Welles pone como condición para aparecer en la película que los militares hagan aparecer a los desaparecidos, ya que, en la novela, como en el cine, se pueden crear todas las realidades posibles, imaginar lo que aún no existe, y detener el tiempo.

Tomás Eloy Martínez buscó -y encontró- en la novela la realidad de lo que la historia ha olvidado. Y puesto que la historia ha sido lo que ha sido, la literatura nos ofrece lo que la historia no siempre ha sido y a veces, lo que nunca ha dicho. En la obra de Tomás Eloy, el lenguaje, portador de duda frente a la ideología, la certeza religiosa, el conformismo moral o la mascarada política, no puede dejar de lado ni a la ideología, ni a la religión ni a la moral ni a la política. La diferencia estriba en que la novela no puede ser dominada por ninguna de las cuatro. Por el contrario, puede presentar ideología, religión, moral o política como problemas, abriéndole la puerta a la interrogación, elevando el techo de la imaginación, descendiendo al sótano de la memoria y, sobre todo, dejando la ventana abierta a la palabra de Pascal: vengo a proponerles una duda.

La riqueza de la cultura argentina contrasta con la pobreza de su vida política y económica tal es el enigma de esa gran nación, planteada una y otra vez en la obra de Tomás Eloy: ¿Por qué, teniéndolo todo, la Argentina acaba teniendo nada? ¿Por qué la cultura vigorosa e ininterrumpida de la República del Plata no le da vigor y continuidad a su vida política?

Tomás Eloy Martínez nos advierte, desde su vida, desde su muerte, que cuando al cabo entendamos nuestra historia, podemos entender sus abismos y sus cumbres y, a partir de eso, conocer la verdad.

Tomás Eloy Martínez, como pocos, nos acercó a la verdad, huidiza, interminable, como la libertad misma.

Carlos Fuentes

Fuente: elpais.com

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Golpes
A Tomás Eloy Martínez
In memoriam

Un presagio se fija
en una rama sorda.
Hay que llorar para dormir.
La presencia de límites
hiere al corazón.
Miles de cosas adulteran
la garza escrita en la pared
de aquellos que se queman.
El dolor entra en exteriores
de sí mismo, su instante
perdió la luz y los nervios
pensantes se acuestan
en lo que ama como padre.
Son novedades extrañas,
no hay Dios por exceso de Dios.
En palabras sin habla
el amor se refugia, dialoga
con lo no visto ni tratado.
Son las costumbres de la infancia.
Un tironeo atrás atrasa
el primer signo del espanto.
Te veo en una mesa con manteles
que puso la noche y escalones
que suben al vino. Ahí se queda
el ánima purgada, las
preguntas que no se quieren ir,
sin piedad, sin horario.

Juan Gelman

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Tomás Eloy

Se lo dije anoche a su hijo Ezequiel, colega nuestro en Clarín, nada más conocer la noticia. En el último medio siglo ha habido grandes periodistas, extraordinarios narradores de historias, como Gabriel García Márquez, que le entregó a la fábula su pericia de periodista; pero si hay uno que mantuvo la fidelidad de fabular por un lado y la de hacer reporterismo, o periodismo, por otro, ese fue Tomás Eloy Martínez, que murió ayer en Buenos Aires después de una lucha titánica contra una enfermedad cabrona. A pesar del dolor, a pesar de la capacidad que tiene el mal para hurtar la esperanza, ahí siguió Tomás trabajando, escribiendo, leyendo, dictando, como si hubiera uno que se estaba muriendo y otro que tenía la urgencia que siempre tuvo: contar. En elpais.com han colgado un obituario que he escrito sobre su personalidad; aquí quiero dejar la rabia de mi aprecio; un gran amigo suyo me dijo anoche en Cartagena de Indias: “Era un cuate. Un periodista formidable, el mejor de todos nosotros. Sabemos que existe la muerte, conocemos por donde viene; ella se empeña en tumbarnos, pero yo me sigo rebelando ante ese fantasma que viene, escoge a un hombre y lo mata”. Era Gabriel García Márquez, conmovido ante la desaparición de su amigo, con quien comparte, entre otros, el honor de haber edificado un monumento iberoamericano al mejor periodismo.
Juan Cruz
Mira que te lo tengo dicho

Tomás Eloy con sus amigos Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez, Belisario Betancur y José Saramago. (foto el Informador – México)

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Esta tarde sin Tomás Eloy duele y es irremediablemente fría

Duele mucho saber que Tomás Eloy no está, es un desgarro oscuro, que recorre el cuerpo, lo desasosiega, apuñala el estómago, pasa por los hombros, llega a la garganta, sube hasta los ojos y se queda ahí, como punzadas intermitentes que no dan tregua. Ha muerto Tomás Eloy, un autor que con su obra nos ha dado vida, un hombre amable, un amigo atento, un ser humano acogedor y entrañable y no me puedo resignar esta tarde que ya sé que no está porque acaba de ser incinerado.

Se sabía de su mal. Venía luchando desde hace tiempo contra el cáncer y su hijo Ezequiel nos daba noticias de las batallas ganadas o perdidas. Siempre pensamos que vencería la guerra porque era grande, fuerte, porque si él solo fue capaz de abordar con sus libros tareas que podrían ocupar a toda una generación y las resolvió tan bien ¿cómo una mísera anomalía iba a derrotarle? Pues sí, la anomalía siguió insistiendo y, pese a que Tomás Eloy se enfrentó a ella con el antídoto del trabajo, la muy canalla acabó logrando el objetivo de impedirle cumplir los años que necesitábamos de él, que tenían que ser muchos aún, porque era joven y su ansiedad de vida desbordaba todas las medidas.

Estar con Tomás Eloy en estados Unidos, en México, en Argentina, en España, en un bar, en una sala de conferencias, en un aula o en la presentación de un libro siempre era un acontecimiento. Porque este hombre era un escritor que rezumaba simpatía y cariño. En su presencia ningún periodista se sentía temeroso, porque él también hacía preguntas y su curiosidad siempre parecía sincera. El segundo encuentro era ya el reencuentro con un amigo de toda la vida y no había que pedir permiso para estar con él y para participar con él. Las conversaciones, los sueños compartidos en los que cabían dos continentes y muchos países, los libros comentados y las obsesiones discutidas una y otra vez forman parte de mi patrimonio pero no consuelan porque sé que no van a repetirse, que no habrá ningún paseo más por Rosario ni ninguna otra tertulia interminable en Guadalajara. Tomás Eloy no está, estaba y no está, como dice José Saramago que es morir, hoy somos menos y más golpeados. Esta tarde sin Tomás Eloy duele y es irremediablemente fría.

Pilar del Río

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