“El poder religioso para Saramago era una obsesión”

La periodista Pilar del Río, esposa del escritor portugués muerto en 2010, reflexiona sobre las huellas y la memoria de quien vivió comprometido con el mundo y con el hombre a través de la literatura.

Por MARIO FIGUEROA

Neuquén > En la inmensidad del pensamiento ateo y existencialista del escritor portugués y Premio Nobel de Literatura en 1998 José Saramago, camina la soledad de su mujer, la periodista sevillana Pilar del Río, quien hizo un alto en sus tareas al frente de la Fundación Saramago para conversar con La Mañana de Neuquén.
Tratando de gritar a los cuatro vientos que la obra no está muerta, allí va Pilar del Río, respirando en esas treinta páginas que van a conformar el último libro “Alabardas, Alabardas, espingardas, espingardas”.
A partir de “Historia del cerco de Lisboa”, Saramago dedicó todos y cada uno de sus libros a esta mujer que le dio sentido a su vida. El documental “Pilar y José” del director Miguel Gonçalvez,  hizo posible un acercamiento inédito a la vida de uno de los escritores más lúcidos de las últimas décadas.
 
En alguna oportunidad ha dicho que conoció al escritor antes que a la persona y que ese encuentro como lectora la conmovió profundamente. ¿Cómo sintetizaría la obra de Saramago?
Es una obra inteligente escrita por un hombre inteligente y sensible que no deja indiferente a ningún lector. Acabar de leer un libro de Saramago es una experiencia extraordinaria, es como si se encendieran luces dentro de nosotros. Eso al menos es lo que me ocurrió a mí, y me sigue ocurriendo cada vez que lo releo.
 
De esa sencillez, de esa humildad que transmitía el escritor, se construía también una crítica feroz sobre todo al poder. Siempre pareció tener una gran preocupación por ciertos abusos de quienes tienen poder.
Siempre mantuvo una actitud crítica para con el poder, con todos los poderes, fueren ellos políticos, religiosos o económicos. Con el poder económico y con el que ejercen las religiones, todas las religiones, porque ese poder, aparentemente menos explícito, es el que hace y deshace en las conciencias, hace seres humanos libres o atemorizados con el castigo eterno. Hace fanáticos, hombres-bomba, ajusticiamientos. El poder religioso para Saramago era una obsesión. No las creencias que cada persona pueda tener sino el sistema que se organiza para que las personas piensen y sientan de una determinada manera.
Saramago fue una persona que tuvo posiciones políticas cambiantes, respecto de la política de Cuba, de Hugo Chávez, de Obama. ¿Esas eran libertades que podía darse por no tener ataduras con nadie, en términos políticos?
La vida es cambiante, por lo tanto todos cambiamos. Salvo en conceptos fundamentales: Saramago estuvo siempre frente a la pena de muerte. No la aceptó en Cuba, y lo dijo cuando hubo unos fusilamientos, como no la acepta en Estados Unidos. Con Chávez tuvo poca relación, pero fue franca y confiada: Chávez representaba a una mayoría de venezolanos, que se expresaron libremente en las urnas. Y Obama le gustaba, aunque veía que no estaba cumpliendo sus objetivos. Pero sabía que la realidad vista de cerca es dura. Saramago no era ni dogmático ni una piedra, estaba hecho de carne y hueso e inteligencia y sujeto, afortunadamente, a todas las contingencias de la carne, los huesos y la capacidad de pensar e introducir nuevos datos en el disco duro que es el cerebro.
  
Hablando de poder, justamente una lucha que desató con todas sus fuerzas fue contra Dios, o contra esa construcción llamada Dios. ¿Cuales eran los principios que regían la vida de Saramago en términos morales?
La honestidad. Libertad, fraternidad, igualdad, ese grito de la Revolución Francesa le parecía el mejor. Ir por la vida haciendo aquello que quieres recibir. Decía que tenemos derecho a la disidencia como lo tenemos a la herejía. Y que eso debería estar en la Declaración Universal de Derechos Humanos.
 
¿Cuáles son los ejes centrales de la Fundación Saramago?
La Fundación trabaja como si la salud del mundo dependiera de lo que hace, aunque sepa que sus medios y sus posibilidades son limitados. Estamos para poner en evidencia contradicciones y déficit democráticos. Y para, como ciudadanos que somos, abundar en la idea de Saramago, expresada tan claramente en “Ensayo sobre la lucidez”, de que si los ciudadanos hacemos dejación de nuestras responsabilidades, otros actuarán por nosotros. Es decir, estamos para hacer valer los derechos considerados universales y también para decir que hay deberes junto a esos derechos. Nos movemos por los deberes que tenemos.
 
¿Cómo es su relación y de la Fundación Saramago con Portugal? Sabemos que José tuvo diferentes momentos y que incluso su propio país natal fue muy injusto con el reconocimiento.
Tuvo divergencias y desencuentros graves con gobiernos concretos, pero no con el país.
Portugal nunca, nunca, como país, como población, fue injusto con José Saramago. ¿Cómo sería posible eso, si era un autor leído, amado? Y la relación de la Fundación Saramago con la población y con las instituciones hoy por hoy es buena. Cada uno en su lugar, haciendo lo que tiene que hacer. No hay injerencias.
 
En el documental “José y Pilar”, estrenado hace algún tiempo, usted se muestra muy cerca de la obra de su marido. 
El trabajo del escritor es solitario, es personal e intransferible. Nunca un escritor aceptaría una sugerencia. Puede, sí, aceptar informaciones, datos que necesita, pero jamás ni yo me permitiría, ni él aceptaría, que se le insinuara que tal situación o personaje podría tener otro desarrollo. Jamás.
 
Algunos países latinoamericanos han avanzado en estos últimos  años con legislación a favor de los matrimonios igualitarios y la extensión de las licencias por maternidad. ¿Por qué cree usted que le cuesta tanto a los gobiernos avanzar sobre los derechos humanos?
No sé si a los gobiernos les cuesta o es a los ciudadanos, que viven instalados en la costumbre y no piden, no proponen, no ofrecen. Los gobiernos solos no son los que cambian las estructuras y los usos, somos nosotros los que podemos avanzar. Y luego gobiernos y parlamentos cumplirán su parte de elevar a rango de leyes lo que consideramos que es bueno para todos. Pero si los ciudadanos no se ocupan de hacer avanzar Estados de derecho ¿por qué van a hacerlo las instituciones? Si los gobiernos son conservadores es porque representan a sociedades conservadoras.
 
¿Qué escritores de habla hispana son deudores de la obra de Saramago?
Creo que cada escritor es él mismo. Y que todos están hechos de las palabras que han leído a lo largo de sus vidas, además de aquellas otras que ellos van escribiendo y los van formando.
 
Es admirable la coherencia de la vida y la obra de Saramago. De un pueblo chiquito de Portugal, Azinhaga, cerca del río Tajo, a ser uno de los escritores mas leídos del mundo, revolucionando la literatura universal. ¿Lo asustaba a José esa fama que le cayó encima?

La fama es un concepto que no suele ocuparle a los escritores. Que sí aman el prestigio… A Saramago no le asustaba nada, pero sentía que tenía una gran responsabilidad por ser tan leído y querido y no quería defraudar. Era un peso esa responsabilidad, además de un honor.
 
Los textos de José tienen el rasgo de hacer un uso muy especial de la sintaxis. Su escritura prescinde prácticamente de los signos de puntuación, ¿qué buscaba transmitir Saramago con esa forma de narrar?
Buscaba la oralidad y la música. Y que los lectores, al leer, no fueran pasivos, que ellos mismos pusieran la entonación a las palabras. Era una forma de complicidad, que creo que logró de forma magistral.
 
Saramago vino varias veces a la Argentina y en los últimos años participó como jurado de concursos literarios. ¿Qué imágenes, comentarios, hacía cuando venía a la Argentina? ¿Qué cosas le gustaban?, ¿cuáles le molestaban del país?
Le gustaba Argentina, aunque estuvo en pocos lugares que no fueran la ciudad de Buenos Aires o Rosario. Se quedó sin ir a la provincia de Córdoba, donde hay un gran grupo saramaguiano, sin visitar La Pampa, las Cataratas de Iguazú, tantos lugares que Saramago hubiera querido recorrer y para lo que faltó tiempo. Lo siento tanto por él.
 
A un año y medio de la muerte de José Saramago, ¿qué es lo que más extraña de la vida con él?
Presido la Fundación, trabajo todo el día en un proyecto que se llama Saramago, milito en Saramago. Siento la falta del esposo, y eso es una obviedad. Pero José Saramago, sus propuestas, su pensamiento, su obra literaria están tan vivas que parece que él aparecerá por una esquina en cualquier momento. Confío en eso, aunque sé que no aparecerá. Pero voy, como tanta gente, a visitarlo al olivo que está frente al Tajo, en Lisboa, donde reposan sus cenizas. Y ahí se está con él. Porque, como dice la frase que colocamos a modo de epitafio, y que es del final del libro “Memorial del convento”: “No subió a las estrellas porque a la tierra pertenecía”. Saramago está en la tierra, se siente.

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