Helder Iván Pérez

Don José,

Le escribo desde el ombligo de América. Mi país es tan pequeñito que otros pueblos lo confunden con una isla donde se habla otro idioma y la gente baila danzas exóticas. Y aunque talvez sea cierto que nuestra gastronomía es diferente a la de otros continentes, pues sigue siempre la línea culinaria de los pueblos empobrecidos de Latinoamerica. Comemos frijoles, hablamos español, y recientemente fuimos golpeados. A pesar que históricamente hemos recibido golpizas económicas, culturales, sanitarias y hasta naturales (recuerde usted aquel huracán de nombre neoyorquino que barrió de manera uniforme el territorio catracho en 1998); seguimos en pie, un paso adelante y dos atrás. Este nuevo Golpe, sin embargo, nos tomó por sorpresa. Nadie esperó que la intención de un pequeño presidente de llevar a las urnas la voz del pueblo fuera rechazada de una manera tan violenta por los círculos poderosos detrás del trono. Al titiritero le pareció ofensivo que los peones fueran a decir en voz alta cómo querían que se jugara la partida de ajedrez. Ellos, los campesinos, trabajadores, madres solteras y lideres indígenas, debían permanecer calladitos en el rincón y debían de sonreír porque ya tenían televisión a colores y eso era suficiente. Entonces llamaron al músculo del gobierno y le dieron la orden de retirar al señor presidente de su silla porque, como dice el dicho, muerto el perro se acabó la rabia. Y los militares, que son las balas de nuestros viejos fusiles, tomaron la orden al pie de la letra. Desde entonces, Don José, mi patria querida, mi tierra de montañas azules y ríos de chocolate, no ha dormido en paz. Allá en la frontera con Nicaragua están atrincherados unos mil manifestantes que bajaron descalzos de la montaña para defender la democracia. Allá aguantan hambre porque el aparato militar no permite la llegada del ejército de paz. Esta es nuestra situación, Don José. Espero que mi carta lo encuentre, y que quizá, al leerla su voz se una a nuestro canto: “Nos tienen miedo, porque no tenemos miedo”. Lo sé, es mucho pedir, quizá un descaro, pero tenía que hacerlo. Yo creo en usted, en sus historias, en su máquina de escribir. Con cariño y mucho respeto,

Helder Iván Pérez

Utila, Islas de la Bahía, Honduras. 30 de Julio del 2009

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