José y Pilar en Palm Springs

Pilar del Río

La sala estaba llena cuando la representante del festival llamó al director de la película, Miguel Gonçalves Mendes, para que hiciera un primer saludo. Y llena continuaba cuando llegaron las preguntas, tras la proyección. Que fue seguida con risas, palmas, exclamaciones, silencios y esa emoción que se percibe en determinado momentos y que es algo así como un silencio activo y fecundo.

¿Qué hace un escritor tan discreto y austero como José Saramago en un festival que es mundano y tiene su punto de frivolidad? Pues estar, como en tantos otros lugares. Estar sin dimitir, sin ceder para ser mejor recibido, sin cambiar su aspecto ni su posición. Estaba José Saramago en California, desde la pantalla que proyectaba “José y Pilar” diciendo que pensemos con nuestras cabezas, que razonemos, que revisemos todas las historias que nos impiden ser nosotros mismos para ser como otros nos quieren, sujetos dependientes de usos, modos, modas y fanatismos. Que no seamos sectas, si podemos ser universales. En fin, estaba José Saramago en el Festival del desierto de Los Ángeles diciendo que no hay cielo, sino espacio, que la muerte es haber estado y ya no estar, que el amor ayuda y el tiempo es para emplearlo a fondo, no para que se vaya con el minutero del reloj. “Sentir como una perdida irreparable el acabar de cada día”, dice José Saramago y de pronto la sala se dio cuenta de que es así, que cada día es el tesoro que a veces con ahínco buscamos en otras partes…

Las preguntas de la sala tuvieron que ver con los afectos literarios de Saramago, con la intimidad desvelada, con la cotidianidad compartida. Hubo agradecimientos expresos por haber mostrado la casa y la vida de un hombre imprescindible del Siglo XX. Porque, eso fue evidente, el escritor portugués no era una novedad, quien llenaba la sala ya conocía al autor de obras que, algunos espectadores, llevaban en el bolso. Otra forma de despedir a Saramago: en Lisboa, en el Ayuntamiento o en el cementerio, las personas pasaban mostrando libros. Ayer algunas vinieron al cine con libros, como si por estar cerca de la pantalla fueran a recibir un don especial.

“José y Pilar” compite en Palm Springs y por los Oscar. Es casi imposible que gane, no es una película de gran público ni está respaldada por una industria. Es una joya. Es verdad que a veces las personas sacan las joyas de los armarios y en ellas se complacen, pero para sacarlas hay que saber que están guardadas. Una película, por muy buena que sea, un director joven, por bien que haya hecho su trabajo, solos, sin el respaldo de la industria, difícilmente conquistarán la cima del cine, pero sí pueden demostrar que con la imaginación y la sensibilidad se puede llegar lejos.

Miguel Gonçalves Mendes llegó a lo más alto con la película sobre José Saramago. Muchos realizadores de todo el mundo hubieran querido ese privilegio. Ahora tendrán el placer de disfrutarla si otros usan la imaginación para presentar el filme en los distintos países. El Instituto del Cine de Portugal hizo su parte nominado “José y Pilar” para representar esa cinematografía ante los Premios Oscar. Otros están a tiempo de hacer sus apuestas, productores, distribuidores, publicistas. Y los demás, quienes ya han disfrutado del filme, quienes lo esperan, pueden cooperar siendo activos: el cine es industria, pero también es arte. Es el único arte que nación en nuestro tiempo. “Respetadme, que nací en el siglo del cine”, decía Rafael Alberti. Pidamos, pues, que el negocio no arrolle, que por entre el manantial de las ofertas aparezca también “José y Pilar”. Y si es porque la gente lo reclama, bien, pero mejor sería que la industria asumiera su difusión en el mundo como un objetivo no solo económico, por supuesto, más que religioso, es decir, un objetivo humano, de la mejor humanidad.

 

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