Los ‘disidentes’ de Formentor

Goytisolo, Cuadrado y Baltasar alumbraron un final de pellizco a la cita literaria. José Saramago envió su petición de incluir la “disidencia y la herejía” en la Declaración de Derechos Humanos.

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La ficción se hizo realidad. José Saramago sí estuvo en Formentor. Una nota primero en la que, entre su pesar por no poder viajar a la isla y su reivindicación de la continuación del ´espíritu del viejo Formentor, pedía la inclusión de “la disidencia y la herejía en la Declaración de los Derechos Humanos”, y después su voz a través del móvil gracias a la llamada que le hizo Basilio Baltasar, obraron su presencia en la última de las Converses a Formentor. Con un hilillo de voz aseguró: “Estaré el año próximo ,aunque nadie crea que voy a estar”. No pudieron tener mejor final estas Converses ya entre el abismo de lo virtual y la permanencia de la materia que somos todos. 
El fulgor se debió a la escucha de un indiscutible intelectual, un escritor de probada autoridad y un disidente con humor, Juan Goytisolo. Sentado a la mesa con el profesor de la UIB, Perfecto Cuadrado, un especialista en literatura portuguesa cargado de enjundia y sabiduría. Entre ambos, Basilio Baltasar, que ejerció el don de la elocuencia y la provocación en su justa medida.
Literatura y disidencia era el cobijo argumental de la última Conversación trufada de referencias a otros disidentes literarios Juan de Mena, Fernando de Rojas, el Quijote de Cervantes, Américo Castro, Fray Luis de León, Góngora, Guzmán de Alfarache, Blanco White, apuntados con un verbo ágil y sabio, el de Goytisolo. Porque no en vano, “para mí, literatura y disidencia van unidas”. O del propio “Fray Perfecto”, que así le llamó Basilio Baltasar, jugando a piruetas literarias espléndidas gracias a inventarse nuevas biografías de sus compañeros de mesa. Pues, Perfecto Cuadrado, convirtió “el territorio del lenguaje” en el lugar “donde el escritor es disidente”.
Frente a la “prostitución del lenguaje actual” que provoca “el dejar de crear realidad”, el profesor sacó de la memoria el grafiti leído en Lisboa aquel abril de 1979, en la revolución de los claveles, “hoy marchitos”, que decía: “Muertos de la fosa común, ocupad las sepulturas”.
Basilio Baltasar esgrimió tres axiomas: “Todo resentimiento es reaccionario. El resentimiento es la más oscura y letal fuerza que se erige contra la nobleza. El resentimiento ciega la fuente de toda vitalidad”. A algunos asistentes entre el publico les provocó sarpullido, como a Lleonard Muntaner que vindicó “el derecho al resentimiento porque es humano y puede servir para mejorar”. Las divergencias son necesarias en estos debates. 
La atmósfera de reconfortante lucidez se hizo patente en el verbo de quien se proclamó “contemporáneo de Fernando de Rojas y Ramon Llull”. Goytisolo puso en evidencia “el lamentable espectáculo de lo que estamos viviendo”, y para ello, una receta: “Hay que darle vueltas al lenguaje. Lo que España necesita de nuevo es muchos Larras”. Lamentó Goytisolo la sempiterna “falta de curiosidad en España por las culturas extranjeras”.
Entre plumas se batió el cobre en la penúltima cita de Formentor, Memoria, historia, ficción, protagonizada por Miguel Dalmau, José Carlos Llop, Pepe Massot y Guillem Frontera, presentados por Carme Riera. La única conversación con acento mallorquín que estuvo plagada, por cierto, de referencias de literatura universal. Desde la Marca de agua, de Brodsky que le sirvió a Llop para servirse de la metáfora de la niebla que “perseguimos para fijarla gracias a la escritura”. A Lawrence Durrell, Kavafis, Faulkner y García Márquez para tejer “esa memoria rural y urbana que en el XXI se dirige hacia los no lugares como internet, autopistas, supermercados…”, mencionados por Dalmau. Sin olvidar a Primo Levi o Semprún, citados por Massot quien apuntó que “la memoria es ficción”. Ante la desmemoria o el peligro de convertir su contraria en “parque temático”, lo literario enhebra la historia. “La verdadera historia está en la que escriben los escritores” llegó a decir José Carlos Llop. Dalmau brindó el adagio serbio: “Miente como un testigo presencial”.

Lourdes Durán, Diário de Mallorca 

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