Milán

Si se pregunta por un periodista estrella en la Italia de hoy, la mayoría de las personas dirán que ése es Marco Travaglio, un hombre joven e independiente que desde distintos medios ha señalado los abusos del poder, cualquier poder, sin dejarse amedrentar por el dedo que lo ha señalado y señala, por más amenazador que sea. Es un hombre sin complejos, al que no le gustan las etiquetas, es decir, él no se las pone encima a manera de escudo, simplemente hace su trabajo como si el mundo en el que vive y las empresas para las que ha trabajado no tuvieran amos y líneas políticas. Marco ignora razonadamente estos hechos y razonadamente se va cuando las líneas empresariales o políticas chocan con el sentido de libertad e independencia que debe tener un periodista. Es decir, es una rara avis, aplaudida ayer por las casi mil (o más) personas que abarrotaban el Teatro Franco Parenti: abarrotaban digo, porque llenaban el patio de butacas, los pasillos, la entrada hasta el punto de poder decirse que no existía el vacío, ese concepto estaba ocupado por un lector de Saramago, o de Marco Travaglio o de Marco Belpoliti, autor de un libro de investigación –y de mucho éxito, luego muy bien acogido- sobre Berlusconi titulado “El cuerpo del capo” del que pronto habrá traducciones al español y portugués, según se anuncia. Porque conocer los orígenes del capo, los peculiares orígenes de su fortuna y de su carrera política, explican mucho el circo actual que es Italia. El casino, dicen ellos.

Dos actores, Anna, la inolvidable actriz de “La mujer del peluquero” y su compañero leyeron fragmentos de El cuaderno y con estos ingredientes comenzó la noche más política. Y la que Berlusconi menos hubiera deseado, eso seguro, porque se insistió en su condición de delincuente –con condena firme- y con el Tribunal Supremo fallando en contra, es decir, considerado inconstitucional la ley que Berlusconi hizo aprobar a su medida para que no siguieran adelante los procesos judiciales que tenía abiertos por los más variados delitos. Ahora el Parlamento está en entredicho por haber aprobado aquel adefesio y más lo está Berlusconi, figura política que mereció los calificativos de ridícula y patética. Y que sin embargo es votado por una parte del electorado como si fuera un héroe o un semidios.

La lección del acto de anoche en Milán es que son los electores los que tienen que utilizar, con responsabilidad, el poder de su voto. Y con principios éticos tienen que alumbrar la política. De un electorado zafio salen políticos zafios. De un electorado exigente saldrán bueno hombres públicos. Ante los abusos del poder ¿podrá haber una huelga general política? No para reivindicar aumentos de salarios, digna reivindicación, sino para reclamar moralidad, limpieza en la vida pública. Esa sería una señal de que la sociedad no está habitada por cadáveres. Y otra señal, tan obvia, es votar con dignidad, rechazar de plano la afirmación de que la mayoría de italianos quiere ser como Berlusconi, frase que el caballero va diciendo por doquier, como un salva vidas, o como quien arrastra al fago a… la mayoría de los italianos.

El acto de Milán fue hermoso y contenido. Emocionante. Se dijeron palabras gruesas, pero para bailes de salón están otros, no hay venias y salidos cortesanos donde Saramago esté, y tampoco no donde los Marcos –Travaglio, Belpoliti- se encuentren.

Han pasado varias horas y aún oigo los aplausos del Teatro Franco Parenti. Qué bien suenan las palmas en en Milán cuando son de tal forma conscientes y libres…

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