Obama

En este viaje a Italia se supone que se iba a hablar mucho de un político, de Berlusconi y sus problemas con la justicia, pero de pronto ha irrumpido otro nombre, este sí brillante y luminoso, que se repite allá  por donde vamos: Obama y su Premio Nobel de la Paz. La sorpresa a Saramago le llegó cuando estaba a punto de dar una entrevista a la radio. Y allí manifestó su alegría, la esperanza de que el premio le ayude en los distintos frentes que tiene abiertos tanto en el interior de su país, con la reforma sanitaria, la educación, la seguridad social, y en el exterior, el dolor que es Irak, el infierno de Afganistán, la vergüenza de Guantánamo, el problema de Israel, el conflicto con Irán, en fin, tantos lugares en el mundo que, además de expertos que pongan sobre la mesa soluciones posibles, recitan seres humanos buenos que generen credibilidad y que puedan negociar desde la honestidad. Que es lo que a Obama se le ha reconocido con este Premio Nobel de la Paz, que lo honra a él, honra al Comité que se lo ha otorgado y salva también, de alguna manera, a quienes se dedican a la política, que se está convirtiendo en una tarea sin atractivo a causa de la corrupción en la que tantos andan  enfangados. Obama reivindica con su acción que hacer política de otra manera es posible. Y los mejores están hoy contentos. Los otros ya saben que nunca recibirán un Premio Nobel y quizá acaben en la cárcel. Y los ciudadanos tenemos delante dos estilos. Ahora basta elegir quienes elegimos como modelo.

Hay alegría en Italia por este Premio Nobel de la Paz a Obama.

Dos titulares de Repubblica, seguidos:

Obama: “No estoy seguro de merecerlo”

Berlusconi: “ Yo, el más perseguido de la historia”

Dos estilos, dos formas de estar en el mundo

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