Primera presentación

Es curioso: el miedo que tenían los amigos de Berlusconi en que las presentaciones de este libro se convirtieran en mítines anti-primer ministro de Italia, y la realidad es que casi ni se ha hablado de él en el primer encuentro con los lectores, sólo algunas risas de pasada, algún comentario a vuela pluma, pero nada, como si realmente el personaje no tuviera interés y, además, ya no le diera miedo a nadie. Ni siquiera se ha considerado como aquel bufón del que Dario Fo hizo comedia bufa hace tiempo: ahora se ve como una anécdota en el camino y por ahí seguirá, pese a que él insiste una y otra vez que es el mejor primer ministro que jamás ha habido en este país y pese a la corte de abogados que lo rodean y aconsejan y de los que cada día se sabe más cosas aunque ninguna, o casi ninguna, es buena.

Pues bien, el encuentro, tres salas llenas de gente y mucha fuera, en el Circolo dei Lettori ha sido para hablar, entre amigos, de literatura y de Dios, que sí parecen ser temas que ocupan y preocupan. Aunque antes de nada, Saramago pidió un saludo para Obama, flamante Premio Nobel de la Paz, pero los asistentes no le dejaron explicar el motivo: las salas enteras arrancaron un aplauso que lo decía todo. Y luego, el moderador, Gabriele Vacis, director de teatro y el encargado, entre tantas otras obras, de la apertura de los Juegos Olímpicos de Invierno de Italia, hizo una breve introducción acerca de lo que es el libro y, acogiéndose a un hallazgo de Umberto Eco, que en el prólogo de los “Cuadernos” escribe que la religión no es el opio del pueblo, sino su cocaína, le dio paso a Saramago, que comenzó su intervención, por tanto, con el telón de fondo de la religión, de todas las religiones. “El opio adormece, la cocaína parece que tiene otras consecuencias, primero estimula, luego exige más, genera dependencia y acaba matando: Eco tiene razón”, dijo Saramago. Y luego siguieron por ahí, se habló de la Biblia y del nuevo libro, pero sobe todo se habló de los hombres, que necesitan trascendencias a las que acogerse o a las que invocar, y se las inventan: inventan dioses terribles, iracundos, vengadores, capaces de sacrificar a su propio hijo, o de declarar guerras contra otros, o de prometer paraísos a quienes mueran por ellos combatiendo o matando con una bomba atada a la cintura, porque esa crueldad, esa abominación está en la cabeza de los hombres y los hombres la proyectan y luego se sujetan a ella. “El hombre no tiene remedio” dijo Saramago, que sin embargo tuvo palabras de comprensión para Jesús, “que intentó humanizar a Dios, aunque al final tuviera la muerte que tuvo, crucificado tras haber sido torturado”.

Entre los asistentes estaba Azio Corghi, el compositor de las óperas basadas en libros de José, como Blimunda, Divara, Don Giovanni, y de varias cantatas, entre ellas “La muerte de Lázaro” o “De paz y de guerra”, compuesta cuando se temía que los ejércitos occidentales capitaneados por el “justiciero” Bush iban a destruir Irak. Pero aquella música, pese a lo hermosa y fuerte que es, no consiguió parar la invasión ni evitar las muertes que desde entonces cada día se suceden en un país que, como todos los países de la tierra, nos es tan cercano porque está habitados por seres humanos que son nuestros semejantes. También estaba entre los asistentes, y antes habíamos cenado con él, el matemático y escritor Piergiorgio Odifreddi, autor de una obra científica interesante y de un ensayo publicado en España titulado “Por qué no podemos ser cristianos y menos aún católicos”, que intervino preguntando por el papa actual: definitivamente a los italianos les interesa la religión. Y el vaticano, que está, según se comentó, más cerca de los italianos que el propio Dios.

Hoy hay un acto en la Universidad de Turín y por la tarde estaremos en Alba. Pero de eso hablaré en otra crónica.

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