Universidad de Turín

Lo siento: la crónica del sábado se perdió, debe de estar en el purgatorio de los escritos sin fuelle, junto a las almas que no fueron ni tan buenas como para merecer ver a Dios toda la eternidad ni tan malas como para no verlo nunca. Alguien nos tendrá que decir un día dónde se ubican esos espacios, en qué parte del orbe cibernético o en qué lugar sobre las estrellas. Ya sé que el Papa dijo que el purgatorio no existía como lugar, pero necesito más años para convencerme, para borrar la imagen de ese sitio gris, triste y absurdo que nos pintaron durante siglos y con el que nos amenazaron durante nuestras existencias de personas ni fu ni fa. Ahora no van a resolver la cuestión con dos palabras: “no existe”. No, necesitamos más tiempo y más tratados para convencernos. Y que nos pidan perdón por habernos amenazado tanto con ese lugar en el que, porque ni hace frío ni calor, porque es tibio, no existe la pasión ni el deseo. Qué horror.

En cualquier caso, el sábado fue un día completo: Por la mañana, en Turín, un encuentro con cientos de estudiantes, convocados por Saramago y un por un hermoso proyecto que coordina el profesor Angelo d’Orsi y que se titula “El poder del libro, el libro contra el poder” Nada puede ser más elocuente.  En la mesa estaba también el profesor Giancalo de Pretis, vejo amigo, y todos juntos pasaron revista a los temas recurrentes de El Cuaderno, al prólogo de Eco, se habló de política, algo, de religión, del valor de la lectura y… de la mujer. Sí, se habló de la importancia salvífica de la mujer. En las novelas de Saramago y en la realidad. Hicieron bromas acerca de si hablamos mucho, o no, pero Saramago se consideró culpable de el estallido de palabras femeninas por haber escrito que el mundo se mantiene en su órbita gracias a las conversaciones de las mujeres… ahora, aunque él ame el silencio, no tiene más remedio que oírnos, porque por nada del mundo vamos a parar de hablar, que a demasiado silencio estuvimos condenadas a lo largo de la historia, así, con minúscula, que en ella no estuvimos incluidas, y por eso ha sido como ha sido. Incluso las conversaciones que Saramago reivindica en si estupenda novela “Memorial del convento” eran privadas, no pudimos dirigir con nuestro tono la vida publica y tal vez de ahí vengan muchos de los males que condenaron a generaciones y asolan al mundo.

El encuentro con los estudiantes de Turín, la primera Universidad que le concedió a Saramago un Doctorado Honoris Causa, fue un momento hermoso. No estaba el poder, estaba el libro. Y quienes los escriben, algunos, y quienes los leemos, muchos.

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