Hoy esta alegría no existe

La mesa del comedor de mi casa de Lanzarote, que es también la mesa de la cocina, está llena de quemaduras de cigarros de Santiago Carrillo. Hablaba él con José Saramago de política, de historia, de teorías varias y en el mundo no había nadie más, eran ellos dos, cada uno a un lado de la mesa y los demás, embobados, oyendo. Bueno, embobados y viendo como iba quemando sucesivos manteles, pero nadie nos atrevíamos a interrumpir conversaciones por nimiedades así, quemaduras en muebles y paños, cuando dos seres excepcionales estaban describiendo momentos vividos que eran historia, o el lado oculto de la luna, y sin embargo ellos aportaban datos y los exponían pinchando una patata, una hoja de lechuga, mojando la yema de un huevo frito… Y así seguían hablando interminablemente, para nuestra alegría.

Las visitas a Lanzarote de Santiago Carrillo, solo o con Carmen, o los encuentros que con él tuvimos en otros lugares, fueron siempre bocanadas de aire fresco. No era necesario estar de acuerdo, de hecho José Saramago y él discrepaban en la resolución de algunos conflictos o experiencias, pero discrepaban desde la argumentación inteligente. Ambos, Carrillo más, habían pasado momentos duros, también momentos de exaltación, ambos conocían la materia de la que estamos hechos, lo fácil que es descarrilar, lo importante que es levantarse del suelo y empezar otra vez. Ambos tenían como proyecto una sociedad que pensara, que no se acogiera a patrones, que asumiera valores y con ellos tratara de hacer de la vida algo armonioso, si no feliz. Ambos, hoy, día 18, están muertos. José Saramago murió el 18 de junio de 2010. Santiago Carrillo el 18 de septiembre de 2012. Recuerdo que celebramos los 90 años de Santiago Carrillo con una fiesta sorpresa que algunos amigos prepararon en Madrid. Y fue una fiesta de concentración y de alegría, la mayor desde que acabó la Transición. Hoy esta alegría no existe, tal vez tampoco pudiera hacerse la fiesta con tantos reunidos, tantas tendencias, religiones, experiencias…

Mientras escribo estas líneas apresuradas se concentran amigos de José Saramago, como todos los días 18 desde hace dos años, ante el olivo que guarda sus cenizas. Normalmente se leen texto del autor y luego se brinda con un buen tinto por su vida. Voy a bajar a reunirme con ellos y a pedir un brindis también por Santiago Carrillo, el hombre que me agujereó mis mejores manteles -también algunas sábanas- y me dio algunas de las lecciones más hermosas. Y contaré el honor de ir con él por la calle, en Madrid o Lanzarote, y ver a la gente dándole las gracias y mirándolo con admiración. Sí, trabajó porque esto, su país, el mundo, funcionara mejor. Era internacionalista y patriota y cualquier persona con sensibilidad lo entiende. Era un ser irrepetible que ya no está, que estaba y ya no está. No saben cómo lo siento.

Pilar del Río


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